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Éste es el comentario más habitual que recibo en materia de nutrición infantil: “mi hijo come mal”.

Seguido de un “ya no sé qué hacer para que coma mejor”.

Es algo que nos preocupa a casi la mayoría de padres… ¿pero tenemos razones para estarlo?

¿QUÉ SIGNIFICA COMER MEJOR?

Comencemos por ahí. ¿Qué significa que un niño coma mal? Pues depende para el padre o madre que le preguntes. Aquí van una serie de situaciones que “respaldan” esa preocupación:

  • Come poco, se deja más de la mitad en el plato.
  • Pica mucho entre comidas.
  • No desayuna nunca.
  • No le gusta casi nada.
  • No come fruta ni verdura.
  • No para quieto en la mesa.
  • Sólo quiere comer “guarrerías”.

Vale, paremos aquí.

Lo siento lector, pero si tu preocupación está en esa lista, la culpa no es de tu hij@. Tu hijo no está comiendo mal.

Así que básicamente, sólo hay dos tipos de respuesta en función de la situación: o bien come como lo que es (un niño) o bien come así por inercia a lo que vive en vuestra casa y su entorno más cercano. Y cuanto más pequeño sea el niño (al menos hasta los 6 años), la respuesta más probable será la primera.

Si quieres saber por qué, sigue leyendo. Relax y cambia el chip.

COME POCO Y DEJA MÁS DE LA MITAD EN EL PLATO

Esta es una de las situaciones más comunes.

Te propongo este autotest rápido:

  • En las revisiones pediátricas le han detectado bajo / sobre peso?
  • Le ofreces en casa comida mayormente saludable?

Si has respondido NO y SÍ respectivamente, para. No hay de qué preocuparse.

Tu hijo come poco porque necesita poco, y punto. En un país como España donde la mitad de la población infantil come más de lo que necesita, el que coma poco carece totalmente de fundamento. Que no cumpla tus expectativas es tu problema, pero no el de tu hijo. No hagas suyo un problema, por lo tanto, que no existe.

Las horquillas calóricas en niños son mayores que en adultos. De hecho, cuanto más pequeño el niño, más amplia es la horquilla. Es decir, hay niños que a igualdad de edad, peso y estatura, están comiendo uno el triple que el otro en lo que a calorías se refiere. Y ambos pueden estar perfectamente sanos.

Es el pediatra y su equipo los profesionales que evalúan si un niño está sano o no.

Por lo tanto, si el peso es el correcto y en ausencia de cualquier enfermedad, no hay que dar más vueltas. Si tu hijo come poco, es porque lo necesita así y punto.

Y tú? Comes lo que necesitas? O muchos días lo haces por inercia sin evaluar antes tu apetito? Los adultos hemos perdido el sentido innato que tienen los niños por los hechos más fisiológicos: “socializamos” el hambre en lugar de “sentirla” realmente.

COMER FUERA DE HORAS

Las horas para comer nos las hemos organizado los adultos para combinar vida familiar, social y laboral de forma que encajen en nuestras agendas.

A la vista está que hay países donde comen a las 12 del mediodía, y otros en los que lo hacen a las 15:00. Casas donde se cenan a las 18:30 y casas donde lo hacen a las 22:00.

Es lógico y normal pretender e intentar que nuestros hijos amolden su apetito a las horas donde nos sentamos todos a la mesa, por cuestión de practicidad a la hora de organizarnos.

Pero de ahí a prohibir comerle si tiene hambre “porque aún falta una hora para comer” y luego “no me comerá nada”, hay una gran diferencia.

Nos pierde la falta de flexibilidad.

Si te pide comer, ofrécele de comer. Es así de sencillo y respetuoso. Ahora bien, ofrécele un alimento “de verdad”: un plátano, una manzana, frutos secos… o cualquier otro alimento que no venga envasado y envuelto en un plástico.

NO DESAYUNA NUNCA

Lo siento pero no, el desayuno NO es la comida más importante del día.

La mayoría de proteínas (legumbres, pescado, huevo, carne) y de carbohidratos (verduras, cereales…) y grasas los incorporas en el almuerzo o cena. El desayuno es importante pero no esencial. Por lo tanto, si desayunar significa que no salga de casa sin un tazón de cereales refinados azucarados en leche o unas galletas (=harina refinada+azúcar+aceite refinado de baja calidad), pues mejor que no desayune si no tiene hambre, y que se lleve por el camino una manzana o plátano.

Levantarse sin hambre puede ser algo natural, y si ocurre no hay que alarmarse. Ofrecer pero no presionar. En esos casos, el truco es predicar con el ejemplo. Desayuna tú – algo saludable, por supuesto – y ofrécele de tu plato. Y hazlo cada día de la semana. Si tú no tienes la costumbre de desayunar, ¿por qué la va a adoptar tu hijo?

¿CÓMO ES UN BUEN DESAYUNO?

Es la pregunta del millón. La verdad es que hay miles de combinaciones posibles: para los amantes del salado, una tortilla (sabías que se hacen en 1 minuto al micro sólo poniendo un par de huevos batidos en una taza?) y

Bol de fresas, uvas, frambuesas deshidratadas, plátanos y arándanos. Se puede dejar preparado la noche anterior en un tupper.

una tostada de pan integral. Para los que prefieren dulce: fruta, copos de avena remojados en leche con canela… No existe el desayuno perfecto. Sólo aquél que te encante, pero sea sano. En casa cada uno toma un desayuno distinto: a mí me gusta la papaya o piña a trozos espolvoreado con coco rallado; mi marido toma muesli casero (junta en un pote de vidrio copos de avena, pasas, pipas de girasol, copos de maíz tostado, etc) con leche de avena o arroz, y Mia (nuestra hija de 2 años) depende del día, pero siempre acaba picando algo de su padre o de su madre. Va cambiando sus predilecciones porque todavía está definiendo sus gustos. Y da igual lo que prefiera, siempre y cuando se comida de verdad.

Y recuerda, si ha salido sin desayunar, prepara un bocadillo BIEN HECHO (en mi ebook gratis te doy hasta 50 ideas rápidas y saludables) como tentempié para el patio.

NO COME NI FRUTA NI VERDURA

Si en vuestras comidas principales – aquella que compartáis en familia – coméis (los adultos) verdura y fruta, ya estáis predicando con el ejemplo e incrementando las probabilidades de que coma fruta y verdura en el futuro. No es garantía, por supuesto, pero estaréis inculcando unos buenos hábitos.

Al igual que no insultar nunca, lavarse las manos antes de comer, ser educado y decir gracias, ser compasivo, ser generoso, ser comprensivo… Son buenos hábitos que hay que inculcar. No esperando la copia garantizada, pero sí aumentando las posibilidades de que los adopte como propios.

Por otro lado, hay muchas formas de comer verdura y tomar fruta.

En esta entrada te contaba varios tips para comer más verdura en un día. La fruta suele ser más fácil, pero si no le sacas del plátano, prueba a untar unas láminas de manzana en crema de cacahuete sin azúcar. O poner unos trozos de pera unos segundos en el micro y servir con canela y nueces. Permítele que juzgue combinaciones y proponga, si es algo mayorcito, algunas que quiera.

NO PARA QUIETO EN LA MESA

No soy pedagoga, así que este no es mi campo. Pero el sentido común me dice que ya pasamos suficientes horas fuera de casa como para que llegue la hora de comer todos juntos (quizá la cena o el desayuno) y encima discutir acerca de cómo debe sentarse, cómo debe tener organizados los cubiertos, que no se levante cada dos por tres, que sólo quiera coger la sopa con su cuchara rosa… Disciplina sí. Pero no a todas horas ni en temas que realmente no son trascendentes.

¿Hace falta enfadarse porque se toma la sopa de pie con su cuchara? ¿Por qué? Qué más da: está comiendo (algo sano, por cierto, como pueda ser una sopa casera) contigo. Disfruta y valora todo el conjunto.

Comer es también disfrutar. Ya llegará el año en que adoptará tu forma de hacerlo y permanecerá sentado durante toda la comida. Y ese día te darás cuenta de que se ha hecho mayor…

SÓLO QUIERE COMER GUARRERÍAS

El mejor consejo? No tenerlas en casa. Si nos las tienes en la despensa, ya no hará falta prohibírselas, con lo que te ahorrarás la rabieta.

Otros factores a tener en cuenta son los siguientes:

  • No ofrecer. Muchas veces, si no tienen apetito para comer comida de verdad, somos los propios padres los que insistimos con galletas, mermelada, o cualquier dulce en general. Además su cara iluminada diciendo “esto sí me apetece” es lo que nos acaba por reconfirmar que hacemos bien. Pero es un error. Compensar con dulces y azúcares una carencia que no existe (poca hambre real tendría) es contraproducente (porque ahí comienza el hábito que muchos adultos tienen de hambre emocional) e inútil (no había problema de origen, por lo que no hay solución).
  • No premiar con guarrerías. De hecho, no premiar directamente. Ni castigar. Al menos en cuanto a comida se refiere: con la comida no puede premiarse ni castigarse, porque de nuevo instamos al niño a habituarse con el hambre emocional. De adulto, si está triste podrá comerse lo que quiera; si ha logrado algo, se refugiará en un donut porque se lo merece, etc.
  • Buscar sustitutivos sanos siempre con el consenso del niño: el cola cao por leche + chocolate en polvo desgrasado; el pan blanco con embutido por pan integral + tofu ahumado (emula muy bien un embutido y es totalmente sano; las galletas por tortas de arroz integral con crema de cacahuete sin azúcar… Aquí es importante consensuar el cambio con el niño, en caso que ya sea mayorcito. Y no “venderle” directamente la moto. En función de la edad vale “negociar”. Sencillamente, preguntándole qué tal le parece probar de cambiar la Nutella 3 veces por semana por crema de cacahuete con 1 cucharada de cacao desgrasado que él mismo puede hacer, por ejemplo. Te recomiendo que te descargues mi recetario y comiences a poner en práctica algunas de las recetas.

Recapitulando: el apetito del bebé y del niño es variable pero más real que el de los adultos porque responde al hambre por instinto y no por socialización. Si no hay hambre, no merece la pena forzar a base de alimentos poco saludables, ni de insistir que coma.

Y por último: no te esfuerces al límite en que coma sano. Esfuérzate para que no coma insano.

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